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HOMBRES NI HECHOS NI DERECHOS

b_380_0_16777215_00_images_hombres_ni_hechos_ni_derechos.jpg¿Qué hacen ocho hombres en una sala conversando, no de fútbol, ni de mujeres, ni de política, sino de si mismos? ¿qué hacen si no han abierto una sola cerveza? ¿qué hacen que se hablan respetando el turno, escuchándose, contando sentimientos y emociones, hablando de sus vidas, mostrándose vulnerables? Pues, como dice Amelia Valcárcel, “un hombre se vuelve interesante cuando empieza a dudar”

¿Cuándo se ha visto en la Historia, que una clase privilegiada (como somos los hombres en el sistema patriarcal) renuncie de forma voluntaria a su posición y condición de privilegio? Quizás la respuesta esté en que no es sólo una cuestión de solidaridad y justicia (motivo suficiente, sin duda), sino que a nosotros tampoco nos conviene el modelo de hombre que nos ofrece el patriarcado. Existe un modelo único, el del hombre fuerte, que lo puede todo, sustentador y proveedor, que no enferma, no sufre, no llora, no cuida, ni es cuidado (o cree que no lo es). Ese hombre “amputado emocional”, que vive rodeado de estrés y productividad, de reuniones de empresa y bares, de alcohol sin medida ni gusto, que no sabe cambiar un pañal y mucho menos decir “te quiero” a su padre. Ese hombre que cada vez menos hombres queremos ser.

Esos ocho hombres, que nos juntamos cada semana para hablar de “la masculinidad” y de lo poco que se parece a la nuestra, queremos cambiar el modelo, o -al menos- construir nuevos modelos, basados en otros valores que nos hagan más humanos. Y desmontar el privilegio, cuestionar nuestras conductas, las conscientes y las inconscientes, construir juntos una masculinidad que nos haga más hombres... mejores hombres.

La igualdad no puede llegar, si no es deconstruyendo una masculinidad heredada de siglos que a nadie se le ha ocurrido cuestionar desde dentro. Queremos ser quintacolumnistas de la masculinidad, o como dice una compañera: “esquiroles de género”.

Porque somos personas en relación, hombres y mujeres en relación, y no queremos más esta relación de privilegio-subordinación. No queremos hablar más fuerte y más alto, sentarnos en el metro ocupando el doble de espacio, no entender por qué ellas tienen miedo de volver solas de noche, sentirnos el tarzán de las mujeres de nuestro entorno, no queremos ser más el macho vigoroso que todo lo puede (aunque nadie le haya pedido nada), el Dick Watson que copula sin saber amar, el “homoaterrado” que no pisa un 28J, el productivo que se olvida de su paternidad, el que no cuida porque lo hace mal” o porque “no sabe”, el antimilitarista, izquierdista, ecologista, internacionalista, que tiene miedo de declararse feminista... no queremos más ese hombre. Queremos vivir la igualdad, aunque cueste el privilegio.