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NO SOY FEMINISTA, SOY PARANOICA

postfeminismo.jpgEn ocasiones, veo desigualdad. Veo mujeres que cobran menos que sus compañeros de trabajo por hacer lo mismo, veo trabajadoras que llegan a casa y tienen que hacer todo lo que sus compañeros de vida no “les han hecho”, veo asesinadas que parecen habérselo buscado, veo violadas que no se atreven a pensar que no se lo merecían.

Veo profesionales que tienen que aguantar constantes alusiones a su belleza o a su -igual de llevadera- falta de ella, veo expertas en muchas cosas que no terminan nunca de parecerlo -ni de creérselo. Veo cúpulas de poder económico y político compuestas sólo por hombres, veo espacios intelectuales, académicos, culturales y artísticos en los que la excepcionalidad de las mujeres es la norma.
Veo películas, libros, canciones, programas de televisión, expresiones “culturales” que hacen como si no existiéramos o como si fuéramos exóticos adornos o malvadas antiheroinas. O las dos cosas.
Veo mujeres, chicas, niñas, que se reprimen sobre lo que hacen, lo que dicen, lo que piensan, lo que se ponen, lo que se quitan, lo que les pone, lo que no les pone...
Y veo miles de razones cada día para defender que todas las personas deberíamos tener los mismos derechos y las mismas oportunidades. Y digo ¡soy feminista!
Pero vienen muchas mujeres y hombres a decirme que no, que soy paranoica. Que todas esas expresiones de violencia que yo vivo en mi cuerpo y, en el de las otras, cada día, es una mezcla de victimismo y fantasía.
Que soy yo, que lo exagero todo. Que ya podemos estudiar, trabajar y viajar, como la gente. Que no tenemos que pedir permiso para tener un pasaporte o una cuenta en el banco, como nuestras abuelas. Que no pasamos de ser propiedad de nuestro padre, a serlo de nuestro marido, como antes. Que no nos lapidan por follar fuera del matrimonio, como a otras...
Y digo ¡gracias!
Gracias al feminismo y a todas las mujeres y a todos los cada vez más -aunque todavía pocos- hombres que se han peleado, se pelean y nos pelearemos porque las mujeres no sintamos que vivir en igualdad real con el resto de seres humanos es un privilegio, sino un derecho.