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ASESINOS BUENOS

b_123_123_16777215_00_images_buenos.jpgEstán los asesinos malos, los que matan a gente. Y luego, están los que matan a su mujer.

Esta mañana, una mujer “ha aparecido muerta” en su domicilio. Se baraja la hipótesis de que se trate de “violencia de género”. Que es un eufemismo, para decir que hay pruebas de que ha sido asesinada y que su marido se ha ahorcado “despúes” (obviamente) de asesinarla.

 

¡Ya quisieran los asesinos de personas que los medios de comunicación, la policía y la sociedad tuvieran con ellos los miramientos que tienen con los asesinos de mujeres! Al dar la noticia, los medios de comunicación no se olvidan ni una vez de la presunción de inocencia. Plantean la violencia machista como una posibilidad -a la altura de otras como que la mujer haya ahorcado a su marido y después se haya autoinflingido heridas mortales, para inflar las estadísticas de violencia machista- y plantean las dos muertes al mismo nivel. Como si fuera lo mismo que te asesine tu marido que suicidarte por asesino.

Y no ha faltado el alcalde del pueblo, explicando que eran una “pareja normal”, “gente maja”. Como si fuera lo mismo una mujer que acaba de ser asesinada por su marido y un hombre que acaba de asesinar a su mujer. Nunca falta alguien que diga, con cara compungida, que el asesino era un “hombre normal”, una “buena persona”. Como si pensaran que los pobres hombres que asesinan a sus mujeres fueran víctimas de alguna posesión infernal, que los hace comportarse momentánea e irremediablemente como lo que no son.

Pues no es así. Los que matan a su mujer son asesinos, y llevan años torturando física y psicológicamente, violando, humillando y destrozando la vida a la mujer a la que dicen querer. Son torturadores expertos a los que, en un descuido, se les ha ido la mano. Por eso se suicidan, porque ya no les queda una razón para vivir, eliminado el objeto de tortura.

Son hombres que opinan que las mujeres estamos a su servicio, que somos seres imperfectos a los que ellos tienen que educar y proteger. Están los que ejercen tan bien su papel de carceleros, que no necesitan ni siquiera levantar la voz. Luego están los que, de vez en cuando, levantan la mano. Y luego están los que se les va la mano. Y la matan.

Son todos iguales. Y no son hombres normales.