LAS SUPERMUJERES SON DE PALO

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No existen. No hay. No lo es tu amiga, la que lo parece, ni la novia de tu colega, la que lo pretende.

Las mujeres trabajadoras, alegres, deportistas, divertidas, listas, independientes, buenas, guapas, delgadas, organizadas, sanas, cultas, equilibradas, multiorgásmicas, que se quieren a si mismas, no existen. Es imposible, no podría haberlas. El sistema no lo soportaría.

Porque esas mujeres serían tan poderosas, que no necesitarían superpoderes para hacer lo que les diera la gana. Y -siendo espabiladas e independientes, como serían- es poco probable que les diera por encontrar la felicidad en una vida multitarea hasta el extremo que combinara un trabajo precario, la responsabilidad del cuidado y del trabajo doméstico, la renuncia a los proyectos propios y la decepcionante búsqueda del amor romántico. Lo mandarían todo a la mierda y se irían a vivir todas juntas a una cálida isla, a leer y charlar y disfrutar de los placeres de la perfección. O dominarían el mundo.

Pero nuestra mitología ha creado y alimentado -de forma sana y equilibrada, por supuesto- a esas diosas benignas pero implacables, las mujeres perfectas, para que las persigamos como a la zanahoria o a la utopía, perdiendo siempre en nuestra carrera quimérica, pero aprovechando el señuelo para “avanzar”. Y ser cada día más buenas, estar cada día más buenas, cagar todos los días a la misma hora, corrernos en todos los polvos y hacer sólo las preguntas que tienen respuestas... Aunque nos dejemos la vida y la autoestima en el intento.

Y así está el mundo, lleno de mujeres que corren y corren. Al psiquiatra, a la farmacia, al metro, al curro, a la pescadería, a por los críos, a arrancarse las calorías, a llegar a tarde a algún sitio, a escapar de algo. A perseguir una tranquilidad que ya no nos da el yoga, ni el pilates, ni el lexatín, ni el vino, ni el insomnio, ni la lectura, ni el sexo, ni el sueño. La tranquilidad de dejar de querer la vida de otras, la paciencia de otras, la valentía de otras, el compromiso de otras, el pelo de otras, el cuerpo de otras, la suerte de otras. La tranquilidad de dejar de tener referentes inventados por otros.